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Pie y tobillo en displasias esqueléticas

En resumen

Las displasias esqueléticas son enfermedades poco frecuentes que afectan al desarrollo de los huesos y, en algunos casos, del cartílago y otros tejidos. Pueden modificar la forma, las proporciones y la alineación de los pies y los tobillos, y repercutir en la manera de caminar. El tratamiento se individualiza según el diagnóstico, la edad, la deformidad y las necesidades funcionales del niño.

Edad habitual
Desde el nacimiento hasta la adolescencia, según el tipo de displasia
También llamado
Displasias óseas · Displasias esqueléticas hereditarias · Enfermedades raras del esqueleto

Qué es

Las displasias esqueléticas son un grupo amplio y heterogéneo de enfermedades en las que el desarrollo y el crecimiento del esqueleto se producen de forma diferente a la habitual. Existen más de 700 trastornos esqueléticos descritos, aunque su frecuencia, gravedad y manifestaciones varían considerablemente. Muchas son de origen genético y pueden identificarse antes del nacimiento, durante la infancia o, en algunos casos, más adelante.

Estas enfermedades pueden afectar a diferentes partes del esqueleto, incluidas las extremidades, la columna vertebral y las articulaciones. En los pies y los tobillos pueden alterar la forma de los huesos, la orientación del talón, el arco plantar o la relación entre las distintas articulaciones. Según el tipo de displasia, pueden aparecer pies planos, pies cavos, deformidades del talón o del antepié, alteraciones de los dedos, inestabilidad o limitaciones de la movilidad. Algunas alteraciones están presentes desde el nacimiento, mientras que otras se hacen más evidentes durante el crecimiento.

No existe un único patrón de pie asociado a todas las displasias. Algunas pueden acompañarse de alteraciones del crecimiento de los huesos del pie, deformidades angulares o problemas articulares; otras pueden asociarse a rigidez, hiperlaxitud o una distribución anormal de las cargas. Por eso, es fundamental conocer la displasia concreta y no tratar únicamente la forma externa del pie.

La valoración ortopédica debe tener en cuenta el crecimiento futuro, la evolución de la enfermedad y las posibles alteraciones en otras partes del aparato locomotor. En función de cada caso, puede ser necesaria la colaboración de genética clínica, pediatría, rehabilitación y otras especialidades con experiencia en enfermedades esqueléticas poco frecuentes.

Señales que pueden notar los padres

Las manifestaciones dependen del tipo de displasia, pero algunas señales que pueden motivar una valoración son:

  • El pie presenta una forma o unas proporciones diferentes de las habituales.
  • El talón se desvía hacia dentro o hacia fuera al apoyar.
  • El arco plantar es muy bajo o muy elevado.
  • Existen deformidades de los dedos o diferencias importantes entre ambos pies.
  • El niño tiene dificultades para encontrar calzado cómodo o necesita adaptaciones especiales.
  • Aparecen dolor, callosidades, rozaduras o zonas de presión.
  • El tobillo parece inestable o se producen esguinces repetidos.
  • El niño camina con dificultad, cojea o se cansa más de lo esperado.
  • La deformidad aumenta o cambia a medida que el niño crece.
  • Existe limitación de la movilidad del pie o del tobillo.

La ausencia de dolor no descarta que exista una alteración que necesite seguimiento. Algunas deformidades pueden progresar durante el crecimiento antes de producir síntomas importantes.

Cuándo consultar

Se recomienda una valoración por ortopedia infantil cuando un niño con una displasia esquelética presenta una deformidad del pie o del tobillo, dificultades para caminar o cambios en la alineación. También puede ser conveniente realizar controles preventivos, aunque no haya dolor, si el diagnóstico se asocia a riesgo de deformidades progresivas.

Conviene consultar si:

  • El pie cambia progresivamente de forma.
  • Aparece dolor al caminar o al realizar actividad física.
  • El niño cojea, se cae con frecuencia o reduce sus actividades.
  • El calzado provoca rozaduras o aparecen callosidades persistentes.
  • Existe inestabilidad del tobillo o se producen esguinces repetidos.
  • Disminuye la movilidad del pie o resulta difícil apoyar la planta de forma adecuada.
  • Las ortesis dejan de ajustarse correctamente o producen lesiones cutáneas.
  • Aparece una diferencia creciente entre ambos pies.

¿Cuándo es urgente?

Es necesaria una valoración urgente si el niño presenta dolor intenso de aparición brusca, incapacidad para apoyar, hinchazón importante tras un traumatismo o una extremidad enrojecida y caliente acompañada de fiebre. Estos síntomas requieren descartar una lesión u otra complicación aguda.

Cómo se diagnostica

El diagnóstico se basa en la historia clínica, la exploración física y el conocimiento de la displasia esquelética concreta. Si el niño ya tiene un diagnóstico establecido, es importante revisar sus características y la evolución esperada de la enfermedad.

Durante la exploración, el especialista valora:

  • La forma y la alineación del pie: arco plantar, posición del talón, orientación del antepié y deformidades de los dedos.
  • La movilidad articular: se comprueba si existen rigidez, limitaciones del tobillo o alteraciones en las articulaciones del pie.
  • El apoyo y la marcha: se observa cómo distribuye el peso, si camina con estabilidad y si presenta dolor o compensaciones.
  • La piel y el calzado: se identifican zonas de presión, callosidades y problemas de ajuste.
  • El crecimiento y la evolución: se comparan las exploraciones con las anteriores para determinar si la deformidad se mantiene estable o progresa.

Las radiografías pueden ser necesarias para estudiar la forma de los huesos, la alineación y las articulaciones. En determinadas situaciones, otras pruebas de imagen, como la tomografía computarizada o la resonancia magnética, permiten obtener información adicional para planificar el tratamiento.

El estudio genético puede formar parte del diagnóstico general de la displasia, especialmente si todavía no se ha identificado el trastorno concreto. No todos los niños necesitan las mismas pruebas: se seleccionan según los hallazgos clínicos y las características de cada enfermedad.

Tratamiento

El tratamiento se adapta al tipo de displasia, la deformidad, la edad del niño, el grado de crecimiento pendiente y la repercusión funcional. El objetivo es conseguir un apoyo estable y cómodo, facilitar la marcha, prevenir lesiones por presión y mantener la función del pie y del tobillo.

Tratamiento conservador

1. Seguimiento durante el crecimiento

Si la deformidad es leve, no causa síntomas importantes y no progresa, puede ser suficiente realizar controles periódicos. La frecuencia de las revisiones depende de la displasia y del riesgo de que aparezcan cambios en la alineación.

2. Calzado adaptado

Un calzado adecuado puede mejorar la comodidad y facilitar la marcha. En algunos niños se necesitan zapatos con mayor anchura, profundidad o características específicas para adaptarse a la forma del pie o a una ortesis.

3. Plantillas y ortesis

Las plantillas pueden ayudar a distribuir las cargas y aliviar determinadas molestias cuando el tipo de deformidad lo permite. Las ortesis de tobillo y pie pueden aportar estabilidad y mejorar el control del apoyo en casos seleccionados.

Estos dispositivos no corrigen todas las deformidades óseas. Su indicación debe basarse en la exploración y en los objetivos funcionales, y deben revisarse periódicamente para adaptarlos al crecimiento y evitar puntos de presión.

4. Fisioterapia y rehabilitación

La fisioterapia puede ayudar a mantener la movilidad, mejorar la fuerza disponible y trabajar el equilibrio y la marcha. Los ejercicios deben adaptarse a las características de la displasia y evitar sobrecargar las articulaciones o los huesos cuando exista una fragilidad específica.

5. Coordinación multidisciplinar

En función del diagnóstico, puede ser necesaria la colaboración entre ortopedia infantil, genética clínica, pediatría, rehabilitación y otros especialistas. Esta coordinación permite integrar el tratamiento del pie dentro de la atención global del niño.

Tratamiento quirúrgico

La cirugía puede plantearse cuando existe una deformidad importante o progresiva que provoca dolor, dificulta el apoyo, limita la marcha, genera inestabilidad o impide utilizar un calzado adecuado pese al tratamiento conservador.

La técnica depende de la anatomía y de las características de cada displasia. Puede incluir:

  • Osteotomías correctoras, para modificar la orientación de uno o varios huesos.
  • Procedimientos sobre los tendones, cuando una alteración de su longitud o equilibrio contribuye a la deformidad.
  • Tratamientos articulares específicos, en determinados casos de rigidez, incongruencia o afectación articular.
  • Procedimientos combinados, cuando la deformidad afecta a varios componentes del pie y el tobillo.

La planificación requiere conocer cómo puede evolucionar la displasia y cuánto crecimiento queda por delante. En algunos niños conviene esperar o elegir una técnica que tenga en cuenta el crecimiento; en otros, una deformidad grave puede justificar una intervención antes de alcanzar la madurez esquelética.

Las intervenciones suelen realizarse con anestesia general y pueden requerir ingreso hospitalario. La duración del ingreso, la necesidad de yeso y el tiempo durante el que se limita el apoyo dependen de la cirugía y de las características del paciente.

No todas las deformidades necesitan operarse, y no existe una técnica única válida para todas las displasias. La indicación debe individualizarse, valorando los beneficios funcionales esperados y los riesgos de la intervención.

Evolución y recuperación

La evolución depende del tipo de displasia, de la deformidad inicial y de cómo cambie el esqueleto durante el crecimiento. Algunos niños mantienen una función adecuada con seguimiento y adaptaciones del calzado; otros necesitan revisiones más frecuentes o tratamiento corrector.

  • Con tratamiento conservador: los controles permiten vigilar la alineación, la movilidad, el dolor y el ajuste de las ortesis. Los dispositivos deben adaptarse a medida que el niño crece.
  • Después de una cirugía: puede ser necesario utilizar un yeso o una ortesis durante varias semanas. La duración depende de los procedimientos realizados y de la consolidación ósea.
  • Carga y marcha: algunos procedimientos permiten apoyar pronto, mientras que otros requieren limitar la carga temporalmente. La pauta se establece según la técnica y la evolución clínica.
  • Vuelta al colegio: se adapta a la movilidad del niño, la necesidad de ayudas para caminar y las condiciones de seguridad en el centro escolar.
  • Vuelta al deporte: se realiza de forma progresiva cuando la recuperación ósea y funcional lo permite. Las actividades deben ajustarse a las características de la displasia y a las recomendaciones del equipo médico.

El seguimiento a largo plazo es importante porque el crecimiento puede modificar la alineación del pie y el tobillo. En algunos casos pueden ser necesarios ajustes de ortesis, nuevos tratamientos o una revisión del plan quirúrgico.

El objetivo principal es mantener la mejor función posible, reducir el dolor y facilitar la participación del niño en sus actividades cotidianas, con un plan adaptado a su diagnóstico y a sus necesidades.

La información de esta página es orientativa y no sustituye la valoración de un especialista. Si te preocupa el pie de tu hijo, pide cita conmigo.

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